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José Tomás un torero distinto  

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En la última goyesca trabajada, vivida y mirada por Antonio Ordóñez, toreó José Tomás. Tuve la suerte de ver la corrida desde un burladero de la plaza de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, junto a Antonio Ordóñez y mi cuñado, el doctor Javier Hornedo. El maestro, recién licenciado de un periodo de sesiones de quimioterapia estaba pálido y calvo, pero con fuerza de árbol renovado. Para mí, seguir una corrida de toros desde un burladero era situación nueva, y hacerlo en compañía de Antonio Ordóñez, ilusión cumplida. Digan lo que digan algunos críticos, nadie ha toreado mejor que
Antonio Ordóñez en los últimos cincuenta años, y me parece tacaña la medida. Fue aquella tarde rondeña, ordoñista, cayetana, palmera, romerina y villalona.
Al final, también tomasina, de José Tomás, que toreó como los ángeles, y dio su junco a la media luna fiera albertiana en una faena, a su segundo toro, de ensueño.De José Tomás dijo el maestro: «Es en el único torero de hoy que me reconozco algo». Repasó, muy por encima, con precisión caústica, la nómina de las figuras del momento. «Sólo Ponce le puede hacer sombra, a su manera, a José Tomás». De Francisco Rivera Ordóñez, su nieto, que también toreó en aquella goyesca, decía que sí, que llevaba mucho dentro, y que el día que encontrara la cadencia, sería un gran torero. He leído que este verano ha toreado con prodigio.

No obstante, y con todo el respeto y afecto que me merece Francisco Rivera, sus genes ordoñistas compiten con los rivereños de su padre, muy valiosos, pero alejados de la hondura y la solemnidad rondeña del abuelo. Y no le gustaba Joselito. «Se nota que es torero de fábrica, y lo hace muy bien, pero no me emociona». Porque el toreo, como arte que es, sólo es supremo cuando emociona, cuando a la soledad del torero ante el toro se une la emoción del público, y arte, ritmo, cadencia, baile, música, escultura, embestida, toreo y clamor se resumen en un mismo cuerpo, en un solo milagro.
José Tomás, aquella tarde y muchas otras, consiguió el milagro. En la emoción sí, pero su toreo y estilo -ahí no coincido con el inolvidado maestro-, no eran ordoñistas. José Tomás nació en el toreo como él mismo y fue poco a poco derivando a Manolete, que también emocionaba a los que tuvieron la suerte de verlo. Claro que hay mística en su forma de torear, y un valor asombroso, y un arte solemne, y un sentido del sitio extraordinario. José Tomás ha sido un torero respetuoso con el sitio, dentro y fuera de la plaza, y ha renunciado al agobio de la popularidad. Algunos dicen de él que es distante y raro, y no saben que esa frívola descripción despectiva no es otra cosa que un elogio. Para mí, que José Tomás se ha dejado de convencer a sí mismo y ha decidido que es momento de descanso. Volverá un día a los ruedos, como han hecho todos los grandes toreros artistas cuando el sitio descansado les exigió el retorno. José Tomás tiene la honradez de no hacer arte por cumplir un contrato. Si él no se gusta, deja las cosas por un tiempo y espera de nuevo la llamada. Se va porque se siente más sombra que luz, y cumple con su destino. Sucede que su sombra es infinitamente más luminosa que muchas luces del toreo, y por ello su ausencia va a resultar larga y penosa.Le escribí a José Tomás una columna emocionada en su primer San Isidro triunfante. Aquello era diferente y establecía distancias con el lugar común. Discretamente, y desde fuera del mundillo taurino, he seguido su trayectoria. Se va un torero como la copa de un pino de Villalón, más ciprés de Silos que ráfaga de palmera. Estuvo en la última goyesca de Antonio Ordóñez. Con la misma emoción del primer saludo, hoy le despido con la esperanza de que vuelva a su sitio cuando el arte se lo ordene
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